Mundos íntimos. Me miran como a un condenado por haber quedado paralítico pero, en el fondo, mi vida no cambió tanto

Profesor de educación física. Iba a su trabajo en bicicleta cuando un accidente le afectó la médula y quedó sin sensibilidad de la cintura hacia abajo. Ahora practica remo, sigue trabajando y apuesta por más.

¿Cómo era antes?, me preguntan todo el tiempo. Para la gente, verme en una silla de ruedas es como enfrentar a alguien que quedó desahuciado, un outsider de la vida. Como si hubiera escisión entre el antes y el después. Pero a un año y medio de haber quedado parapléjico, puedo decirles que, incluso para mi propia sorpresa, he sabido tomarme la noticia con naturalidad; la división me parece innecesaria.

Previo al accidente, trabajaba los lunes y los martes en un jardín de infantes como profesor de educación física, en salas de tres, cuatro y cinco años; el resto de la semana, como guía educativo en Fundación Temaikén. Acababa de mudarme con Celeste, mi pareja de hacía seis años –hoy, mi ex–, a la casa que habíamos comprado en Matheu, Escobar y que nos había llevado casi dos años refaccionar. Con frecuencia salía a correr no menos de diez kilómetros y me la pasaba todos los días arriba de mi bicicleta. Por si se lo están preguntando, sí, desde que tengo memoria cuento con un excedente de energía que necesito consumir antes de poder conciliar el sueño. También dedicaba mucho tiempo a trabajar en mi hogar y en mi huerta. Por aquellos días, llegaba del laburo, me sacaba las zapatillas y disparaba para el jardín. Ahora que lo pienso, una de las sensaciones que más extraño es la del pasto en los pies.

El trece de diciembre de 2016 estaba yendo al trabajo en bicicleta. Tenía los auriculares puestos. Me acuerdo patente de que estaba escuchando Azúcar del Estero, de Lisandro Aristimuño. De repente, una mujer que acababa de estacionar abrió imprevistamente la puerta de su auto. No tuve tiempo de hacer nada –la tenía muy encima – e impacté contra el filo de la puerta con el lado derecho de mi cuerpo. El golpe, además de quebrarme una costilla, provocó que girase bruscamente hacia mi izquierda, por donde pasaba un colectivo a gran velocidad que me embistió al instante.

Fue entonces cuando apareció Victoria, una mujer embarazada de ocho meses y medio que pasaba por el lugar. Al ver lo que me había ocurrido, se tiró al lado mío, me pidió que me quedase quieto y, como una verdadera leona, impidió que cualquier persona me moviese hasta que llegó la ambulancia. Ese acto quizás me haya salvado de terminar cuadripléjico, ya que, frente a un accidente de esas características, cualquier movimiento mal realizado podría haber agudizado o propagado fácilmente mi lesión.

Me llevaron al Santojanni. Rememoro haberle pedido a Victoria –se había ofrecido a acompañarme hasta el hospital– que por favor le avisara a mi pareja y a mi mamá lo que había pasado y en dónde me encontraba. Cuando mis familiares llegaron, ella se fue. Siento que no tengo manera de agradecerle lo que hizo por mí. Desde lo simbólico, el que se llamase Victoria siempre me pareció algo muy curioso. Tiempo después me enteré de que su beba –que para ese momento ya tenía nombre– se llama Valentina, que proviene de “valentía”. Es una idea a la que, al día de hoy, sigo dándole vueltas: tuve el accidente y las primeras en aparecer fueron “Victoria y Valentía”.

Luego pasé por otros centros médicos –me operaron, estuve al borde de la muerte- hasta que un mes del accidente fui trasladado al Fleni. Fue recién en ese punto cuando el kinesiólogo me informó que tenía paraplejia. Me explicaron que durante los primeros seis meses podía llegar a recuperar algo de movilidad en la zona afectada. Pero pese a haber estimulado mis piernas cada día, los avances en ese lapso de tiempo resultaron ser muy pocos. Sorpresivamente, en mi caso los músculos que respondieron –algunos extensores de cadera– lo hicieron recién un año después. Pienso que mi mayor acierto fue el haber podido encontrar un equilibrio entre tener esperanza y comprender que, al menos por entonces, mi realidad sería la de convivir con mi nueva condición. En la actualidad, tengo muy asimilada la idea de que no voy a poder volver a caminar. Sin embargo, lo que los doctores sí pudieron asegurarme desde el principio fue que iba a poder ser ciento por ciento independiente utilizando una silla de ruedas. “Entonces, a meterle pila”, pensé.

Guido Salgado tiene treinta años y es profesor de educación física. Luego de haber dado clases de natación y de fútbol en Vélez, se desempeñó como profesor en el jardín “Bichito de Luz”, del Instituto Gustavo Adolfo Bécquer. Le gusta transmitir a otros un estilo de vida saludable y emprendedor. En la actualidad, trabaja como guía educativo en Fundación Temaikén. Allí transmite su respeto y fascinación por la naturaleza a todos los que visitan el bioparque, al mismo tiempo que se empeña en comunicar un mensaje que él considera urgente: el preocupante estado actual que atraviesa el medio ambiente en general. Coleccionista de experiencias, su mayor objetivo en la vida es “experimentar la mayor cantidad de sensaciones y de experiencias que pueda”. Por algo, se define como “remero, pescador de sueños, catador de auroras, profe, mamífero”.

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